«Hacer lo que sea» para conseguir algo o conseguir algo «sea como sea» son expresiones que significan prácticamente lo mismo y si quienes las utilizan tuvieran la decencia de decir lo que realmente les mueve, lo que harían es confesar que son de los que creen que “el fin justifica los medios”.

Especialmente cuando el fin es el que les interesa a ellos.

José Bono y Juan Guaidó son dos personajes que se mueven en terrenos distantes, geográficamente hablando, pero sus recientes declaraciones públicas han coincidido en el tiempo pero, también, en el significado al que me refería, aunque los conflictos que les llevan a tales excesos sean distintos.

De Juan Guaido hemos reparado en la frase que esta misma semana han reproducido El País y muchos otros medios:  “Necesitamos una solución en Venezuela sea como sea.

José Bono anda de gira presentando su libro “Se levanta la sesión. ¿Quién manda de verdad?”, cuyo título podría ser el de un panfleto lleno de demagogia. Al ex de varios cargos le hemos escuchado en La Sexta decir que “tenemos que hacer lo que sea para que Catalunya no se separe de España”.

Ambos subrayados son míos, pero cantaban tanto que me hacían daño.

A Guaidó no lo conocemos demasiado, aunque sí sospechamos que su “sea como sea” significa que está llamando ¿otra vez? a la puerta de Trump, sin tener en cuenta que es el momento más inoportuno para el yanqui. Perdiendo la paciencia de esta manera lo que el neo golpista venezolano está consiguiendo es dejar con las vergüenzas al aire a muchos gobiernos que tanta prisa se dieron en reconocer su “osadía”, que estaba blindada por los USA desde antes de estallar.

Pero parece que Trump no anda con ganas de embarcarse en guerras de final incierto. Acosado como está por los del Partido Demócrata a cuenta de lo de Ucrania, atraviesa una coyuntura que es motivo de alegría para todos los que siguen asustados desde que fuera elegido. Aquello ocurrió hace ya tres años y lo fue con menos votos totales que Clinton, cosa que hay que recordar cada vez para ver si suena la flauta y, por fin, el electorado global reacciona contra lo muy peligroso que resulta corregir la aritmética simple de los votos depositados en las urnas con la intención de facilitar a los políticos la gobernabilidad, pero a costa de violar la igualdad de todos ante la ley, concretamente la electoral.

Más allá de sus bravuconadas, mentiras e insultos de cada día, resulta lógico que a Donald le interesen más golpes de estado como el de Bolivia, donde el Ejército y otras fuerzas armadas del mismo país son quienes hacen el trabajo sucio de matar a las personas que no están de acuerdo, aunque no sabemos si José Bono, de quien tampoco recordamos que se desmarcara del gobierno de España a la hora de reconocer a Guaidó cuando parecía que acabar con Maduro sería cosa de cuatro días, ha aprovechado su libro para meterse en charcos internacionales.

Podría haberlo hecho el manchego, y quizás vendería más, pues no en vano fue el ministro de Defensa que, con Zapatero de ganador imprevisto en 2004, cumplió la palabra de sacarnos de la ilegal guerra de Irak. Probablemente, uno de los compromisos electorales más fáciles de cumplir, después del brutal atentado sufrido el 11M de aquel mismo año.

Centrados ya en Bono, y una vez que las Fuerzas Armadas han venido a colación, lo que le queremos preguntar es, de las dos opciones que se nos ocurren para su “lo que sea”, cuál es la que tiene en la cabeza para conseguir “que Catalunya no se separe de España”.

¿Está pensando Bono en activar el Título X de la Constitución, en el que se establecen las normas para la reforma constitucional, y de esa forma tomar la iniciativa política, a la vista de que el modelo actual provoca que terminen en los tribunales los conflictos que en otros países se resuelven sin salir de la política?

¿O en lo que está pensando el multi ex es en interpretar el artículo 8 de la Constitución hasta el extremo de que puedan darse órdenes a los militares para incluso acabar con las vidas de españoles cuyo mayor delito sea el de querer independizarse, sin ni siquiera haber “traicionado” antes al Estado al que pagan sus impuestos asegurando el reconocimiento diplomático de alguna gran potencia de las que asustan a cualquiera?

La duda que nos inspira Bono procede porque ni siquiera le hemos escuchado decir que se auto impone el conocido límite de «dentro de la Constitución», que sí se exige a los independentistas catalanes hasta para respirar. Lo de ayer mismo, escuchar al señor Ávalos pidiendo la investidura como condición para hablar «dentro de…», ya es tener cara dura: como si Sánchez nunca hubiera incumplido su palabra.

Conviene que Bono aclare su “lo que sea”, y más tratándose de un político cuyo ritmo verbal revela que siempre piensa primero y habla después. Con esa intención, y ya que se está exponiendo para hablar de su libro, algún periodista debería preguntarle por el significado y los límites de su “lo que sea”.

Y, ya puestos, también cabe la pregunta definitiva contra alguien como José Bono quien, por amor propio, se atreverá a contestar sin rodeos.

“Señor Bono, si no le quedara más remedio que elegir, le ruego nos confiese su preferencia para el futuro de España: una monarquía sin o una república con Catalunya”.

A nadie se le escapa que cualquier rey de España es definitivamente incompatible con la mayoría de personas que viven en Catalunya.

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