Desde los primeros compases del nuevo Estado, como consecuencia de un tránsito político sin re­presalias ni contra el dictador que murió en la cama, ni contra los bienes de su fami­lia enriquecida gracias a él, mi generación ya copaba todas las instituciones del Estado, todas las instituciones de las Comunidades Autónomas y absolutamente las altas magistratu­ras. No se procedió a una purga de los jueces. ¿Quién se atrevería siendo así que “todo” el poder estaba en manos de los mismos hasta el mismo día del óbito? Todos los jueces y funcionarios de la justicia por oposición, formados los jueces en una Escuela Judicial con el espíritu y los mimbres ideológicos del Movimiento, eran pues ideológicamente “franquistas” por su propia naturaleza. Y no sólo eso, es que luego, hasta hace relativamente poco, una vez jubilados los magistrados a la edad de 70 años, el nepotismo continuó y probablemente continúa. Los jueces del Régimen eran quienes hacían la selección. Por lo que sus descendientes y parientes no han dejado de seguir nutriendo en alta proporción las filas de la Justicia. También la de los policías.

De modo que sólo una natural evolución del entendimiento en la que se incluye una especial atención a la epiqueya (es decir, la acción hermen­éutica que le permite al juez liberarse de la “letra” de la Ley -de la justicia- en favor del “espíritu” -la equidad- de la misma), podía acelerar el enjuiciamiento de los magistrados para ponerse a la altura de los parámetros es­perados de una justicia del siglo XXI. Pues bien, ese desdén por la epiqueya, sobre todo en materia penal, característica del Régimen, empezó a causar estragos incluso en la propia judicatura. El caso de los jueces Balta­sar Garzón y Elpidio Silva, Ruz o Bermúdez son ejemplos elocuentes de un severo aviso a navegantes. Eran una simple muestra que ponía en evidencia a una Justicia cerrando filas en torno a los criterios hirsutos seguidos por los jueces del franquismo…

Fijaos si la epiqueia, esa forma de interpretar la ley que atiende al espí­ritu y no a su literalidad, es fundamental que el conflicto catalán podría perfectamente ser resuelto mañana. Bastaría la interpretación amplia del artículo 2º del Título Preliminar de la Constitu­ción. España seguiría siendo “una”, configurada como Estado federal. La federación supone estados subnacionales, con un alto grado de atonomía, que anteceden al nacional, lo que da coherencia al sistema federal. Es decir, es una unidad delimitada territorialmente que en unión de otras entidades conforman un Estado. Como se ve, cuestión de semántica, de amplitud de miras y de voluntad política, no de “romper” o no “romper” España, como los primates habituales manejan el asunto…

Voluntad política que no se atisba en modo alguno. Pero que si , por casualidad o valentía se manifestase, tal como se conduce la Justicia, ahí le espera el valladar del Tribunal Constitucional pronunciándose sobre la unívoca manera de interpretar la Constitución. (Ello pese a que nadie dio el alto al acto de estampar el maldito artículo 135, sin respetar además el procedimiento para la enmienda o revisión de la Constitución previsto en su artículo 168, y sin que ni fiscalía ni partido político alguno denunciasen en forma el atentado). Pero en otros sectores de la sociedad ha pasado tres cuartos de lo mismo. De modo que pocos núcleos del poder abstracto y del poder concreto, desde el religioso hasta el sindical, se han desembarazado de lo que podríamos llamar franquismo pedagógico. Cua­renta años adoctrinados en todas las esferas y principalmente en la justicia, son demasiados años como para que los órganos judiciales y las personas que los integran puedan haber cambiado de mentalidad. Y si la Justicia no colabora en la tarea de democratizar a este país porque interpreta la Constitución y la ley penal con la rigidez autoritaria del franquismo, difícilmente podràn profundizar la democracia quienes se enfrentan a los políticos herederos directos ideológicos de la dictadura.

Pero vuelvo atrás. Hablo de los años 80. De repente mi generación, de la noche a la mañana, se ve libre de remil­gos y de ataduras. Ya podíamos besarnos en la calle sin miedo a los guardias. Ya podíamos divorciarnos. Después de cuatro décadas viendo en los bienes públicos y en el dinero público eso que siendo de todos son del primero que se lo apropie, y si no lo hicieron en la dictadura era por temor a las consecuencias, en la democracia permisiva, ya podían aprovechar las muchas oportunidades que ofrecía el empleo político a quienes lo desempeñaban. Así, tantos y tantas, además de hacer de la política un muladar, encontraron en ella un filón de enriquecimiento per­sonal. Empezando por la propia y larga familia del dictador. Incluso la católica Iglesia vio su gran oportunidad para el despojo. Y así, de pronto, empezó a registrar a su nombre en los Registros de la Propiedad centenares de inmuebles, de lugares y de mo­numentos públicos que durante siglos pertenecieron al pueblo…

Hay algo que añadir a la felicidad, entendida como tal pero también dentro de su significado en profundidad, naturalmente no exenta de eventuales amarguras propias de la vida misma. Y es que burla bur­lando, desde que nacimos hasta hoy, todos los adelantos imaginables: desde la radio de galena al 4K y el inminente 5G, han ido desfilando ante nuestros ojos y desde ahí hemos pasado por toda la gama sensorial de per­cepciones. Y aún hay más. Pues el desafío de la libertad de divorcio, además de como prueba funcionó también como “placer”: el placer de desdeñar lo permitido y acogernos muchos al “placer” de continuidad de la vida matrimonial o de pareja, con su cortejo la decisión, de bondades psicológicas, morales y, por qué no decirlo, materiales.

Sea como fuere, descartando los y las que, por supuesto, por su posición social y económica superior lo son, de entre las clases medias de mi generación a las que pertenezco la mayoría en el fondo “son” franquistas. Estoy hay que tenerlo constantemente presente para no equivocar los caminos a seguir para el desarrollo democrático. He conocido a al­gunas personas de talante revolucionario, pero por razones de resenti­miento e incluso de venganza. Y no conozco a nadie sinceramente progre­sista por conciencia, por razón de justicia social y menos por racio­cinio. Quienes dicen serlo, siguen pensando todavía y en el fondo como con­servadores.

Aún así mi generación. disfrutando de al menos una pensión aún modesta suficiente, poseyendo una vivienda en propiedad y aunque sólo sea por razones de edad hemos reducido considerablemente nuestras necesidades… salvo, lógicamente, quienes tienen quebrada severamente su salud, es feliz. Unos porque viven conformes a la ficción fabricada en 1978, otros porque les conviene seguir creyendo que esto es una verdadera democracia y que, o no son necesarios cambios o que poco a poco se harán sin impaciencia; y otros porque, sintiéndonos especialmente engañados desde el mismísimo pistoletazo de salida a este régimen político, a duras penas sentimos ya el aguijón del engaño. Porque la edad va aminorando la intensidad de las sensaciones, sean placenteras, desagradables o dramáticas, y porque la falta de las libertades formales durante casi medio siglo robusteció seguramente la entereza y el nervio de nuestra libertad interior. De modo que, curados de espanto, acusamos el fiasco con tristeza pero también con resignación y ya, con una significativa indiferencia…

Acostumbrada a vivir casi medio siglo sin las libertades formales, es decir, sin las libertades cívicas que disfrutaban los demás países de la Vieja Europa que veíamos como el niño goloso mira el escaparate de una confitería sin poder entrar, no va a permitirse ahora dejar de ser felices por un engaño o autoengaño colectivo manifiesto. Como la libertad interior de la que hablaba nos llevaba al Humanismo, llega un momento que nos refugiamos en la filosofía de Erasmo de Roterdam legada en su “Encomio de la estulticia”: la sociedad humana, si es feliz, lo es gracias a la estulticia colectiva…

Y como España es proverbialmente un país de pícaros pero también de envidia, supongo que al menos alguno de los lectores de esta descripción de la felicidad de mi generación, estará en estos momentos su­friendo algún espasmo.

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