Ahora no me refiero al catalán, que también. Ahora me refiero al nacional. Es mi obsesión, lo reconozco. Ya no me interesa en absoluto ese sinfín de pormenores deprimentes de todo cuanto viene sucediendo desde 1978. Todos responden al mismo o parecido patrón. Después de salir a la luz décadas de expolio de las arcas públicas acompañadas de toda clase de maquinaciones, de insidias y de maniobras miserables, no hemos ido viendo en los políticos más que una sucesión de bellaquerías, de cinismo, de mentiras, de plagios, de falseamientos académicos, de intolerancia, de libelos de periodistas sin escrúpulos, de humillaciones a diestro y siniestro, de insultos a quienes reclamaban sepultura digna de osamentas familiares todavía en las cunetas, de hoy decir una cosa y mañana la contraria, de afrentas al pueblo catalán y de un trato judicial ignominioso a sus representantes… Todo ello propio de un país atrasado, dado a la mojigatería, a la superchería, al maltrato, a la picaresca, al nepotismo, al embuste, al enchufe y a la trampa. Cuya causa, aparte el lado sombrío del carácter español, volviendo la vista atrás, en buena medida sólo puede localizarse en el punto de partida. En aquel montaje político que cocinaron los maquinadores de una Constitución que venimos sufriendo desde hace cuarenta años después de otros cuarenta políticamente insoportables; blindada, además, después, por la catadura de los miembros de un poder judicial que en su seno quedó albergado el auténtico espíritu de la ideología franquista que ha llegado hasta hoy. No en balde aquel siniestro Tribunal de Orden Público se disolvió al día siguiente de la muerte del dictador pero, de sus 16 miem­bros 10 pasaron a la Audiencia Nacional y 6 al Tribunal Supremo. No son naturalmente ahora los mismos, pero quienes les han ido sucediendo siguen siendo más o menos hijos ideológicos de aquellos. Los que no lo eran fueron depurados, y los que ahora no lo son se difuminan por el escalafón juzgando casos en general irrelevantes…

Hace tiempo, pues, que limito mi atención a la evidencia y desdeño toda clase de vaticinios y pronósticos acerca del futuro, sea a corto, a medio o a largo plazo. Por ejemplo, sé que el gobierno es una coalición de izquierdas. Vale. Pero no espero nada significativo de él. Y, como suelo decir, si me equivoco, lo celebraré. Ahí acaba mi curiosidad y mi actitud frente a lo que vivo. Porque, como al astrónomo sólo atento a visualizar un planeta que sabe que existe por cálculo matemático pero todavía no ha visto a través del telescopio, sólo, y cada vez más débilmente, me interesa el hecho indubitado. Estoy harto de lo que solemos llamar expectativa. Sólo estoy susceptible a alguna posible señal conducente a un Estado nuevo, que sólo puede salir de un referéndum monarquía-república cuyo propósito hasta ahora no atisbo en ningún partido. Por eso me resultan indiferentes los retoques, los maquillajes y los chismes de corrala, las intenciones y proyectos de este gobierno de coalición. Podrán interesar, y con razón, a distintos colectivos porque alimentan esperanzas relacionadas con su específico interés, pero también contribuyen a difuminar o a disipar la importancia que, para mí, es ese referéndum sobre la forma de Estado que nunca acaba nadie hablando acerca de él. Pues, en mi consideración, sólo un acuerdo firme, sentido, de verdad, consensuado por una amplia mayoría que supere el complejo que muchos padecemos al habernos engañado con este “reino” deslizado en la Constitución como la droga camuflada en un alijo de cosméticos, nos puede proporcionar la solución. Una monarquía que, aunque por comodidad, por pereza o por cobardía ya ni siquiera cuestionan los líderes de los partidos, tan domesticados están por los poderes económicos, espera la inmensa mayoría de quienes les votaron. Sin embargo, en el referéndum, sea cual fuese el resultado, estriba la única esperanza de una España normalizada. Y con mayor motivo si se vertebra la nación en un modelo federal. Mientras persista esta obstinada “unidad” territorial forzada por la dictadura y los franquistas y ahora por los ultrafranquistas, España vivirá en una sostenida o creciente inestabilidad; en un declive y una decadencia que sólo el paso de los siglos podría eventualmente superar. Y si no nos queda a los ciudadanos otra cosa que tragar el sapo, mal asunto, pues eso nos devuelve de uno u otro modo a muchos al estado psicológico que padecimos a lo largo de la dictadura. Eso, si es que muchos, como la mayoría de los catalanes, no lo viven ya…

8 COMENTARIOS

  1. Bueno yo me agarro como a un clavo ardiendo a aquello que decía Gramsci de que cuando lo viejo no acaba de morir ni tampoco lo nuevo de nacer, es en ese periodo de tiempo cuando surgen los monstruos y como que tenemos tanto monstruo por todas partes debe de ser que son tiempos de cambio lentos pero inexorables. No perdamos la esperanza, bueno será difícil perderla porque nunca la tuvimos :-))

  2. Antonio, he leído el artículo de David González escrito, claro está, en claves periodísticas. Muy bueno. Gracias, colega.

    • Gracias a ti Jaime, siempre agradecido y en sintonia con las opiniones de tus artículos, en ellos muchas veces me siento representado, aunque mi edad es menor a la tuya, pero al paso del tiempo vivido y a la Historia he aprendido a ver mucho más atrás de mis años, aquellos años que a una temprana edad teníamos que salir del colegio corriendo para que los grises no nos dieran sus golpes de batuta.
      Estoy al borde de los 60. Me llevas 2 décadas de ventaja y aprendo de ti, como de todos.
      Un placer embiarte opiniones que puedo intuir de tu agrado.

      Buenas noches y buen descanso.

      Abrazos.

      Antonio

      • Estamos encima de un avión y miramos por la ventanilla. A fuera, casi nada parece moverse o parece que lo haga a muy poca velocidad. Incluidas las nubes, dispuestos como si fuesen un cuadro estirado, inmóvil.

        Vamos arriba y abajo un día laborable. A nuestro alrededor, todo va rápido: coches, edificios, personas. Pero a nosotros no nos cunde el tiempo. Corremos como la gente que nos rodea pero nos da la impresión que vayamos más lentos que ellos. Como cuando hacemos cola en la caja del súper y la fila del lado dirás que avanza más rápidamente pero si te cambias ya no.

        Comida de Navidad. Toda la familia en torno a la mesa y ya no hay que poner ninguna sillita ni elevador para las menores de casa. Nadie lo diría, pero ya se pueden sentar en una silla para adultos, aunque las piernecitas les quedan colgando. Parece ayer que las alimentábamos y ahora ya casi dan por descubierta la identidad de los Reyes Magos.

        Octubre de 2017. La represión del Estado español empieza a encarcelar líderes sociales y políticos catalanes. Por una parte, parece que sea ayer, por la otra, dirás que hace una eternidad. ¿Qué hemos podido seguir haciendo nosotros durante estos 27 meses de libertad? ¿Qué han perdido los presos políticos a lo largo de estos dos años de secuestro?

        El avión se mueve a 300 km/h pero des de dentro no nos damos cuenta. Quien lo mira desde abajo, sin embargo, sí que lo ve volar vertiginosamente y lo pierde de vista muy pronto. En la ciudad, la vida nos huye de las manos y nos faltan horas para llegar a todas partes, como si el mundo pasara a cámara lenta, pero si alguien nos mira de fuera se horripila de la vorágine diaria de la civilización urbanita.

        Cada Navidad engalanamos la casa y ponemos los platos en la mesa y nos reunimos como siempre, pero en las fotos, después, se pueden ver más canas, más arrugas, ausencias, menos sillitas. I Jordi Cuixart ha podido pasar las primeras 48 horas en casa suya después de más de dos años injustamente en la prisión. Dos días largamente esperados y vividos intensamente. Dos días que, a la vez, se habrán hecho cortos.

        En los aviones, en las ciudades, con la familia, con el activismo. Miramos atrás y pensamos: ¿cómo hemos podido llegar hasta aquí? ¿Cómo he conseguido recorrer todo este camino? Los años pasan pero los que se dan menos cuenta de un cambio son aquellos que lo viven. El tiempo en cada reloj es diferente. La velocidad no avanza al mismo ritmo para todo el mundo. La velocidad depende del sitio desde donde te sientas a verla pasar.

        Hasta mañana.

        Antonio

  3. Querido Jaime, soy un seguidor y admirador de sus escritos y opiniones.
    Toda la razón.
    Así es España, y así somos los españoles.
    La prueba: lo que dejamos de nuestro legado en Iberoamérica; basta compararlo con Canadá y EE.UU.
    Un saludo octogenario con mi mayor consideración.

  4. Por favor, ¿podríais pensar en la democracia como forma de estado? La república y la monarquía no nos sirven como modelo para los que ansiamos la igualdad ante el derecho de estado, en lugar del privilegio político.

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