Los antiguos griegos no creían propiamente en sus mitos, pero vivían “como si” creyeran en su mitología. Nosotros, mucho menos inteligentes, hemos de seguir viviendo “como si” el des­tino de la humanidad no se nos estuviese echando encima…

Sé de sobra que, desde el punto de vista de la salud mental y porque queda bien, hemos de ser siempre optimistas, y que cuanto más optimistas seamos más lo celebra por empatía quien nos escucha o nos lee. Pero ése es un plano de la realidad antro­pológica que a menudo casa mal con la racionalidad, con el instinto y con la lucidez ante los indicios y la lógica de la Naturaleza. El caso es que, en la materia de la que voy a hablar, a mí me resulta im­posible ser optimista. A alguien quizá pueda parecerle que sea a causa de mi edad. Pero, aparte de que mi atención al cambio progresivo del clima data de los años 90 en que observé los primeros síntomas, también he observado a lo largo de mi vida que personas enfermas, o muy mayores, proyectaban su deterioro o decrepitud sobre aquella con la que hablaban diciéndole: tienes mal aspecto o no tienes buena cara… Creían ver en el otro el estado de precariedad en que ellas mismas se encontraban. No es éste mi caso, no creo que, dada mi edad, proyecte los pocos años de vida que me quedan a los malos pre­sagios, ni que yo vea el fin próxi­mo de la Historia porque mi fin esté mucho más cerca que el de mis biznie­tos. Sencillamente apunto a que las pro­babilidades de atinar en el pronóstico equivalen ya casi a las evidencias…

Digo esto porque pienso que, a menos que ocurra un milagro o haga acto de presencia en el escenario planetario el Deux ex ma­china (recurso del teatro clásico que consiste en resolver una si­tuación o dar un giro a la trama, sin seguir su lógica interna), la suerte de la vida en la Tierra está echada. Pues no parece sensato pensar que, tanto la atmósfera como la troposfera, espacios donde se localiza la génesis del cambio climático, cada vez más devas­tador, vayan a revertir su dinámica, sus condiciones y parámetros por el hecho de que el ser humano (pero no cualquiera o todos, sino esos dominantes que manejan la industria, la economía, el dinero y la historia, claro está) deje de fabricar ar­tefactos, base de esta civilización, y sea capaz de renunciar a to­do lo que, por cálculos y lógica física, ha ido causando la mutación climática a partir de la era industrial.

Oswald Spengler vaticina la dictadura universal a mitad de este siglo, pero es a través de su teoría de las épocas correspondien­tes de la Historia. Quién sabe, por cierto, si esa dictadura no estaría justifi­cada precisamente por las catastróficas condiciones en que pron­to habrá de encontrarse los océanos, los ríos, las montañas y el mundo entero… Sin embargo, que yo sepa, ningún profeta ha sido capaz de ver la causa del cercano trance ubicado también más o menos alrededor de este siglo. Desde luego mi posición al respecto no es profética. Se trata de una mera impresión reforzada, eso sí, por el dato comprobable de que muchos cientí­ficos pronostican desde hace décadas que el suicidio colectivo será el último avatar de la Humanidad. Y es que basta una ojeada a la deriva de la civilización para afirmar sin riesgo a equivocarse, que el ser humano viene “trabajando” desde ha­ce un siglo para procurarse su propia extinción. El calentamiento global, el motor de combustibles fósiles y el plástico, factores de su fatalidad, son la trampa en la que se ha metido el ser humano: la ironía de que justo en el “progreso” parece que estará la tumba de la especie humana y de la vida sobre la Tierra a no muy largo plazo. Eso, si antes no la liquidan una o varias deflagraciones atómicas.

Por supuesto que desde un punto de vista antropológico, es el excesivo alejamien­to de la sociedad humana de la Naturaleza lo que ha ori­ginado una in­consciente pero al mismo tiempo voluntaria atrofia colectiva del instinto de conservación a medida que la sociedad humana “progresa”. De ella unos, la mayor par­te, porque no han tenido, ni tienen, alternativa: han de confiar necesariamente en sus dirigentes situados en todas las superestructuras de la sociedad. Y otros, los dirigentes, porque unas veces la excita­ción que producen los desafíos y siempre la ambición de la má­xima ganancia sin importar las consecuencias, les ha ofuscado el entendimiento y extirpado el instinto de supervivencia del reba­ño. Pero eso sí, parece que será un proceso que irá por partes. Primero, la vida vegetal, luego la vida animal y luego la vida de quien se ha revelado como el animal menos inteligente de la Creación, o de la estampida del universo, al gusto del lector…

2 COMENTARIOS

  1. Estimado Jaime Richart, también lo percibo igual en cuanto a que, efectivamente, el destino de la humanidad se nos está echando encima.

    Pero intuyo que aunque tengamos la misma percepción, nos diferencia el pronóstico porque seguramente partimos de diferente diagnóstico.

    Se nos está echando encima en el tiempo como final de un ciclo, pero no en cuanto a que los hechos o cataclismos que se pudieran dar con toda probabilidad, fueran a “aplastar” a la humanidad.

    Ciertamente, los antiguos griegos no creían en sus propios mitos, igual que los actuales occidentales no creemos en nuestra existencia. Es evidente que ante nuestra falta de lucidez, no la valoramos, ya que de otra manera nos lo tomaríamos como mínimo con mas seriedad y afán de mejora y preservación.

    Conseguiríamos así, cambiar el curso o sentido emocional que nos está llevando a pensar en la fatalidad de que (como dice en su artículo): “la suerte de la vida en la Tierra está echada”.

    Por mi parte diferencio: “la vida de la Tierra” (como Ser y entidad cósmica que nos ha hecho nacer en su seno, con una “parcelita” de su espacio para cada ser humano y animal, y la podamos ocupar con nuestro cuerpo), de “la vida en la Tierra” (como humanidad y resto de naturaleza y reinos).

    Sobre el cambio climático, me sitúo en el grupo de los “negacionistas”, en cuanto a su diagnóstico y reversibilidad, pues lo contemplo como hecho final natural de un cierre de ciclo glaciar a enlazarse con el comienzo… de “otro”.

    Lo diferencio de lo que también considero irreversible e irreparable por la acción humana, que son los cataclismos climatológicos, devenidos de toda la chatarra radiactiva (con origen en residuos de producción de energía atómica de fisión nuclear) que envuelven a Tierra, tanto como chatarra espacial como en los fondos marinos. Aquí si estoy de acuerdo con usted en que son los hechos humanos (a partir de la era industrial y la “conquista” del espacio…¡hay que ser necios! para pretender esto último, cuando aún no se sabe de donde venimos ni cuales pueden ser nuestros destinos) los que han producido esta mutación climática en cuanto a cataclismo adversos (sequías, tsunamis, inundaciones, erupciones volcánicas, terremotos…) no así a la elevación de la temperatura en el planeta como ciclo natural e imparable hasta borrar todo vestigio de glaciar en el mismo.

    Mas que la dictadura universal, le llamaría la justicia universal …pero individual y nunca colectiva ni global pues dejaría de ser justicia. El Universo es selectivo a la acción de los elementos, desde el principio universal: causa-consecuencia. Y el ser humano, y nadie mas por él, es quien elije su propio destino existencial. Antes podemos tener “accidentes” indeseados e “inmerecidos” pero a su vez reparables, si es que nos han servido para ir mas atentos por la vida y aprender de ellos, pero para el resultado del balance final, ahí no interviene ni la suerte ni la dictadura universal, pues entiendo que no hay, ni un destino global, ni una estampida del universo…si tras un cumplimiento de nuestros DEBERES individuales para con el Planeta, ganarnos unos DERECHOS de acogida individual en el espacio como principio de ese “otro” comienzo.

    Personalmente pienso que, en el tiempo que vivimos hay sobradas razones para el optimismo, pues mas acompañados que nunca, es un tiempo glorioso en el que… no estamos solos.

    • Es una óptica acerca del asunto y de los temas concomitantes muy interesante la suya. Me encanta que el lector de mis escritos o de cualquier otro, implemente con sus ideas el contenido o la tesis. Además, la sintonia o convergencia entre escritor y lector, o entre dos interlocutores, se produce mucho más a través de la sensibilidad que de las ideas en sí mismo consideradas, siempre o casi siempre polisémicas, con distintos significados. Se puede uno entender mejor, bien, con un lapón o con un aborigen de la selva amazónica sin hablar la misma lengua, que con el vecino… De modo que reitero mi agradecimiento. A mí también me interesan más las personas y la lectura que me punzan el pensamiento, que quienes me van a decir lo que he oído millones de veces. Un saludo.

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