A pesar del profundo olor a distopía que recorre el planeta como consecuencia de la pandemia de coronavirus Covid-19, en sordina pero de modo sistemático, se está levantando dentro de la izquierda una tendencia a escala internacional supuestamente espontánea procedente de una vanguardia política e intelectual difusa y en ocasiones confusa que predica que después de esta crisis el mundo cambiará a mejor, esta vez sí, sin duda alguna. Hay derechas que están en la misma trinchera desde 2008, instante en que hicieron propósito de enmienda de boquilla para refundar el capitalismo con cuatro pinceladas gruesas que dejaran la fachada renovada y las entrañas intactas.

Este optimismo de la voluntad, enfrentado en pugna inveterada con el pesimismo de la razón, hunde sus raíces en posiciones de clase de cierto privilegio dentro de la amplia clase obrera, trabajadora o asalariada. Es decir, estamos ante una añeja postura de vanguardia ilustrada, una especie de izquierda divina y autosuficente que usa y abusa de sus habilidades profesionales y técnicas para elaborar doctrina y marcar trayectorias diáfanas y cristalinas a las capas populares que no tienen tiempo para confeccionar su propio discurso de emancipación o reivindicativo.

Si miramos con detenimiento la Historia de forma somera advertimos que el capitalismo desde su nacimiento ha vivido inmerso en una crisis permanente: creación de bolsas de miseria en la periferia geopolítica y en los extrarradios urbanos y rurales, guerras por los mercados comerciales, explotación colonialista de África, Asia y Sudamérica, depredación feroz de recursos naturales, hundimientos económicos recurrentes y alza súbita de precios de los insumos energéticos, la catástrofe financiera de las finanzas virtuales acaecida en 2008, la Covid-19 de nuestras horas de reclusión interminable y penas a la carta.

La esencia del capitalismo, ya sea neoliberal o en otras versiones incluído el estado de bienestar, reside en normalizar el caos y las crisis cíclicas: hay que renovar sin pausa la necesidad de la clase trabajadora y reagrupar el capital diseminado en demasiados agentes pequeños o medianos para explorar nuevas expansiones globales. Controlando las necesidades básicas de la fuerza de trabajo y el deseo de consumo visceral, el capitalismo va capeando temporales con un éxito rotundo hasta la fecha. Los pelos que se ha dejado en la conflagración social -pactos y otras fruslerías de adorno espectacular- no afectan al funcionamiento de su cuerpo estructural operativo ni ideológico: goza de una excelente mala salud.

Por ello, ese optimismo de algunas elites izquierdistas no obedece a criterios objetivos ni tampoco históricos. Desde la perspectiva de su atalaya hay una distancia considerable con las condiciones materiales de existencia de las gentes con empleos menos cualificados o en precariedad total lindando la pobreza absoluta. Tal optimismo subjetivo se inserta en visiones de túnel de clase media sobrevenida por el famoso ascensor social de la socialdemocracia clásica y del posterior eurocomunismo advenedizo del siglo anterior, dando como fruto discursos edulcorados y retóricas colaboradoras con la crema del sistema capitalista en vigor.

Resultó muy apropiado en su momento la crítica constructiva del concepto de vanguardia. Unos cuantos versados en política y textos marxistas y de otros pensadores de la izquierda revolucionaria plural profesionalizaron su pasión vital y se convirtieron en líderes carismáticos de las masas oprimidas. El problema venía después cuando las nomenklaturas ahogaban el debate, cercenando las voces a flor de piel de la inmensa mayoría. Ese liderazgo romántico jugó un papel decisivo en la toma de conciencia del común social, no cabe la menor duda de ello: esos iconos multiplicaron la capacidad de acción de las masas desde Espartaco a Lenin o Fidel Castro o Mao pasando por Robespierre o Danton o Desmoulins como jalones a vuelapluma de las revoluciones llevadas a la práctica con fortuna desigual. Sin embargo, la burocracia excesiva genera sus intereses propios y entra en contradicción con los de la clase que dice representar. Tal proceso es complejo y nunca lineal.

La vanguardia en la izquierda, en sentido estricto, nunca ha desaparecido. ¿Cómo pueden emanciparse y elaborar sus discursos originales los pobres de solemnidad, las mujeres que viven en los suburbios, los que duermen a la intemperie, las trabajadoras sexuales, las mujeres vejadas por el machismo irredento, los jornaleros de peonadas discrecionales, los parados de larga duración o la ancianidad reducida a jubilación infantil e inútil? Sí, por supuesto, hay y habrá entes diversos que representen puntualmente las inquietudes de estos colectivos; de todas formas es extremadamente improbable que de estos grupos salgan suficientes personas que ocupen escaños parlamentarios o cargos políticos relevantes. Son la excepción.

Los filtros partidarios y culturales impiden la representación directa de las gentes rasas de abajo: sus gestos habituales no cuadran con los prototipos establecidos por las estéticas normativas oficiales. Estas singularidades del común tan diferentes en acentos culturales y tan iguales en sus vidas cotidianas y su relación dependiente con el patrono Don Capital precisan de mediadores o valedores ad hoc, vanguardia al fin y al cabo, para hablar por ellas con la estética adecuada o políticamente correcta. Resolver esa ecuación histórica es uno de los cuellos de botella de las izquierdas transformadoras de hoy, de ayer y muy posiblemente de mañana.

Siempre que existe intermediación, por muy de buena voluntad y sincera que sea, algo se pierde de la fuerza vernácula del dolor en primera persona, de ahí que sea imprescindible la renovación de los primeros escalones políticos y sindicales con mayor énfasis e intensidad de lo efectuado hasta ahora. Cuando un político o sindicalista accede a un puesto por demasido tiempo él mismo se crea un aura de respeto o devoción que le aleja del sentir general de la calle. Cuantos menos pedestales simbólicos haya, la democracia y el flujo de ideas será más enriquecedor.

Está comprobado que tocar poder en exceso redunda en flojeras de las tensiones ideológicas de los protagonistas de tales acontecimientos; así algunos sindicalistas aupados bajo palio solo ven categorías como diálogo social y negociación colectiva como fines y no como instrumentos tácticos que provean metas de mayor calado estratégico y utópico y, en su caso particular, políticos que pisan moqueta adoptando amaneramientos, hábitos y estilos copiados de sus antiguos oponentes de clase: la razón de Estado remoza sus conciencias haciéndoles olvidar lo que antes defendían como suyo, con coherencia y vigor.

Otro concepto tradicional manoseado hasta la saciedad por las izquierdas ha sido el de sujeto histórico, hoy en desuso como antigualla intelectual. Da la sensación de que el sujeto clase trabajadora se ha diluido en yoes parciales merced a la pujante posmodernidad de los relatos individuales ahistóricos. Yo soy mujer, yo soy inmigrante, yo soy desahuciado, yo soy lumpen, yo soy un parado, yo soy ecologista, yo soy una etnia, una nación, una cultura, yo soy diferente, yo soy yo. Esta sobredimensión de la autenticidad intrínseca de mi yo exclusivo o grupal se ha impuesto a modo de cliché de transversalidad social interclasista, debilitando el sujeto grande que registraba el devenir político de la fuerza de trabajo que salía cada día a buscarse el pan en la jungla del mercado capitalista. Sin duda que las luchas feministas y verdes han introducido en la conciencia colectiva aspectos de la hegemonía patriarcal y del capitalismo depredador de crucial y radical importancia. Pero a la vez ha sucedido que el énfasis de muchas batallas ha diseminado o borrado del mapa político e ideológico el sujeto acogedor y sustancial de la lucha de clases, otra categoría de pensamiento relegada al baúl de los recuerdos.

La dimensión de individualidad explotada tiene muchas vertientes complementarias. Y todas ellas deben tenerse en cuenta sin disputas de preeminencia estéril. Cada momento exige propuestas de realización emergente o inmediata sin perder de vista el adónde queremos llegar -al menos retazos de ese horizonte siempre móvil- con ideas flexibles y no dogmáticas. El camino se hace al andar pero es recomendable saber el terreno que se transita y albergar un presentimiento, insistimos en este aspecto de idealismo autoconsciente, siquiera en boceto hacia el hogar común que se quisiera habitar en el futuro: los planos arquitecónicos jamás deben ser férulas dirigidas contra el pensamiento empático y constructivo.

El tercer concepto o categoría casi desechado por las izquierdas es la lucha de clases, ese motor que impulsa entre contradicciones el devenir histórico, en ocasiones paradojas insolubles de matices idiotas dentro de la discusión entre intelectulaes de autoría olímpica. Las últimas crisis, esta del coronavirus y la reciente de 2008, ponen de manifiesto que la lucha entre clases en liza no ha cesado, antes al contrario se ha agudizado considerablemente: los primeros en reconocerlo son cabezas sinceras o cínicas, para el caso es lo mismo esta disyuntiva semántica, de las elites mundiales. Ante situaciones de colapso, ellas sí saben agruparse en una internacional capitalista eficiente: Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Reserva Federal de EEUU, Banco Central Europeo, tratados de comercio regionales y de aranceles proteccionistas, OTAN, desestabilización de países con mandatarios izquierdistas, bloqueos ilegítimos, guerras localizadas en territorios sensibles de recursos energéticos escasos… El listado de estrategias de la clase alta es muy numeroso para enquistarse en sus privilegios, a los que no renunciarán de buena gana con alegatos dulces y amables.

La lucha de clases encubierta que nadie pronuncia por su nombre ha visto surgir ahora el extremismo fascista para mantener a raya las reivindicaciones progesistas o de la izquierda más radical. El fascismo es el odio al desnudo, barnizado del desprecio de la indiferencia, de las clases propietarias contra los parias que trabajan y crean la riqueza de todos. El fascismo es el outsider quirúrgico en caso de que se tambaleen las estructuras jerárquicas de explotación laboral. Por eso resulta curioso que en Occidente hayan empezado a proliferar leyes y decretos que, en sus biempensantes preámbulos, sancionen los delitos de odio a lo bruto: en realidad esa legislación de excepción está pensada para meter en cintura conductas radicales de gentes del común que viven situaciones sociales descarnadas, insoportables y de desesperación al borde de la ruina. Esas normas van dirigidas al control eficaz de la lucha de clases transformando en terrorista, radical, antisistema o en comportamiento odioso todo lo que ponga en solfa el orden establecido. ¿Cómo no va a odiar un trabajador al empresario que le echa a la calle, una mujer a su matón machista, un inmigrante al policía que le aporea sin piedad o un inquilino al casero que le desahucia? Lo que el sistema pretende es que todas esas situaciones se sublimen neuróticamente culpando a la víctima de su propia desgracia. El odio de las elites se camufla de orden, tradición y sentido común. El odio visceral puede matar irracionalmente; el odio de superviviencia, en cambio, crea narrativas razonables de autoestima. Son emociones o sentimientos de la misma madre biológica que tienen domicilio en lugares de la conciencia muy alejados, casi en las antípodas mentales.

¿Desterrar el odio por ley? La estupidez es colosal. El odio es adaptativo por naturaleza, por eso ha viajado con nosotros hasta la fecha: sirve para sobrevivir al rechazar o eliminar los efectos nocivos de sujetos u objetos que amenazan mi existencia. Esto es, en una sociedad más justa y solidaria, más equitativa e igualitaria, donde la seguridad recíproca y la confianza sean la norma, el peso del odio decrecería o se disiparía lentamente. El relato de consenso tácito sobre el odio obvia las causas del desastre y exonera a los responsables del desaguisado social. Las leyes acerca del odio, tal y como están planteadas, buscan identificar criminales a discreción entre el pueblo llano, tapando las vergüenzas de las elites dominantes. El eslogan tiene bella factura: la gente con clase -alta- no sabe odiar.

En resumen, no es de recibo comprar ideas optimistas sin mirar el prospecto y los efectos secundarios de cualquier medicina de saldo o terapia milagrosa contra el confinamiento actual. Nada está escrito ni a favor ni en contra del porvenir, pero mantener la cautela y sopesar el valor real de cada declaración pública no es un mal consejo de partida. No se trata de caer por el precipicio autosuficiente del pesimismo de la razón como vía de confrontación maximalista contra el capitalismo, simplemente es preferible pensar en una combinación práctica de ambas hipótesis para que la distopía adquiera caracteres de utopía con horizontes expeditos que conciten la participación activa de la inmensa mayoría social que padece en carne viva las precuelas y secuelas del capitalismo rampante.

Liberté, égalité, fraternité

Todavía vivimos de las rentas de las palabras emblemáticas de la Revolución Francesa, libertad, igualdad y fraternidad mezcladas a dosis ad lib con la razón, el progreso y el maquinismo lanzadas a los cuatro vientos por la Primera Revolución Industrial.

El progreso ininterrumpido que concebía la Historia como un curso siempre adelante desde el mito a la verdad científica está viendo en nuestra era que también es posible su reverso o regresión de la razón al mito.

La labor impagable que realizan los think thanks de las corporaciones de la globalidad para taponar las grietas de la gigantesca montaña mágica del régimen capitalista es capaz de reciclar cualquier mensaje de izquierdas y convertirlo en afiche de coleccionista para consumo masivo.

Estos laboratorios de ideas necesitan como ingredientes para su humus propagandístico todos los detritus inorgánicos y basuras orgánicas generadas por las contradicciones y oposiciones del sistema Capital-Trabajo, reelaborando permanentemente sus esloganes publicitarios y dogmas doctrinales de modo atractivo, emocional y sensual. Lo que no mata o altera el código genético capitalista engorda sus estructuras de beneficio y de dominación cultural e ideológica.

Nuestra época, como antes hemos reflejado, sigue viviendo en los mitos emanados de las centurias de las Luces, la Razón, la Ilustración y el Progreso ilimitado, siglos XVIII y XIX.

La sinfonía inacabada Das Kapital, inspirada por Karl Marx y otros autores, pide a gritos un cuarto movimiento que dé sentido profundo a la misma. En los parrafos que siguen se comentan los “tres movimientos” previos.

El mito capitalista liberal, que desprecia intensivamente el capítulo social, solo ve las relaciones humanas a través de quimeras de sesgo histórico y corte ideológico de bello porte y sonoridad vacua o ficticia: libertad de expresión y pensamiento, igualdad formal ante la ley y fraternidad bajo símbolos o iconos mistificadores tales como la democracia de dispositivos estereotipados y regulados muy estrictamente, las banderas nacionalistas o las religiones monoteístas ya entradas en carnes.

De la lectura primigenia e inspiradora de Marx y diversos autores afines a la izquierda revolucionaria se desprende que esos mitos que pasan por verdades han mutado por reacción con la razón abstracta, el progreso de la ilusión y el maquinismo sin alma -padre putativo de la tecnología como solución de todos los males y la cibernética robótica de humanos más allá de sí mismos- en acordes plagados de disonancias cognitivas.

Tal popurrí se entiende mejor si sucintamente atendemos a las partituras que rigen la obra sinfónica inconclusa Das Kapital, poniendo nombre y apellidos a los hijastros de esa reproducción in vitro de conveniencia entre la revolución francesa y la revolución industrial: igualdad en la necesidad, fraternidad en la propiedad y libertad de empresa.

Adagio pianissimo espirando

La necesidad configura la esencia motriz del capitalismo. Se trata de un factor determinante de todo el entramado social que se oculta bajo siete llaves y añagazas publicitarias, tretas filológicas y argucias técnicas para que pase desapercibida en el trasunto diario de quehaceres domésticos y laborales.

Estamos ante una necesidad de carácter singular creada artificialmente por los mecanismos de mercado: el ser humano debe ser proletarizado y desposeído de las capacidades naturales para la subsistencia mediante la coerción social, el control administrativo y la violencia estatal. La intensidad de aplicación de estos herrajes se visualiza en sociedades dictatoriales, autoritarias o de espíritu más o menos democrático.

Pese a lo expuesto el valor supremo del capitalismo sigue siendo la libertad en pelotas proclamada en textos constituccionales o leyes de idéntico rango. Suelen ser papel mojado porque no tienen en cuenta los aspectos económicos que conforman los estratos sociales. Se basan en la competitividad extrema y el éxito individual: dinero y estatus son las dos regalías principales de recompensa.

Se colige, por ende, que esta estructura basa su filosofía fundamenal en la igualdad de la necesidad de las clases trabajadoras, una nivelación que deja en completo desamparo material a las mayorías sociales del mundo globalizado. Esa necesidad es el vector que posibilita la extracción de las plusvalías que maceradas con ingeniería financiera revierten lindas y lozanas en beneficios empresariales así como en la reproducción automatizada de los usos y costumbres culturales asociados al consumo de masas.

Ningún vocero del régimen saca jamás a colación este aspecto primordial y escandaloso del capitalismo: la necesidad de venderse al mejor postor dando codazos a diestra y siniestra, caiga quien caiga, para cubrir las necesidades primarias de todo ser humano, tal es el leit motiv simple y altamente nutritivo que engrasa el ingenio de fealdad monstruosa mostrado por Fritz Lang en Metrópolis y Charles Chaplin en Tiempos modernos. Esa “necesidad inerme, radical e imperiosa” se troca en deseo en la doctrina neoliberal: de ser de necesidades se pasa sin solución de continuidad a ser de deseo, una inversión magistral de la ideología capitalista que contagia a las masas para volcarse en la batalla diaria por un trozo de pastel exiguo y nunca asegurado.

Necesidad aparece así como una categoría secundaria o de relleno y pasiva mientras que deseo se ensalza como actividad positiva del camino hacia la autorrealización personal. No hay que confundir necesidad natural con capitalista: la primera surgió en la evolución con los primeros escarceos del ser humano y requería la colaboración grupal y ayuda mutua para conseguir el alimento diario, buscar techo contra las inclemencias meteorológicas y salir adelante en un ecosistema hostil y salvaje.

Este primer movimiento suena lento, en tono casi imperceptible, lacrimoso y agónico. Hace falta mucho tacto crítico para profundizar en su melodía secreta.

Scherzo cantabile e fuocoso ma non troppo

Entramos de lleno en una secuencia primordial del capitalismo imperante desde sus orígenes: la fraternidad en la propiedad.

La revolución industrial demandaba mano de obra abundante y barata. Aún no existía como tal la plusvalía en el trabajo; el trueque dominaba el comercio de proximidad con algunas transacciones monetarias accesorias.

¿Y dónde recabar fuerza de trabajo a paletadas? Los astutos capitalistas en ciernes miraron al mundo rural, sociedades tradicionales que vivían del producto de campos comunales. Nadie en su sano juicio, por muy dura que fuera su experiencia diaria, hubiera permutado la convivencia saludable entre paisanos y su cultura vernácula por los arrabales insalubres de chabola y fetidez, alcoholismo y miseria, descritos por la pluma maestra de Dickens.

Algo había que hacer, ¿qué tal cercar los campos abiertos sin dueños privados y dejar en harapos a los paletos de la ruralidad? Esto es, expropiar sus medios de vida para sugerirles brutalmente emigrar a la humareda de las ruidosas fábricas industriales. En efecto, el primer capital es producto de un robo, un atraco urdido vía componendas legales, látigo expeditivo y hambre inducida. En realidad no hay ningún capital ni entonces ni ahora que no se amase a partir de robos legitimados por el derecho consuetudinario y la red jurídica de inextricables postulados solo aptos para especialistas leguleyos. Aún no se conoce que nadie trabajando por un sueldo se haya hecho millonario por arte de birlibirloque: la sabiduría popular no se deja engatusar así como así.

En ese sentido la fraternidad entre capitalistas es proverbial: unen mucho más el delito y los negocios que la porca miseria. Despliegan más conciencia de clase los empresarios, los rentistas y las multinacionales que las capas populares explotadas en su crudeza cotidiana. Además, pueden comprar voluntades -otra mercancía más- entre los trabajadores dividiéndolos por cualificaciones, habilidades, nacionalidades, sexo y etnias: muchos kapos, capataces, jefecillos y mandos ejecutivos son estómagos agradecidos que enajenan sus ideas por cuatro perras e imitan con devoción los gestos y las fantasmagorías de las clases altas, a las que adoran tanto como temen, mostrando un repudio autodefensivo de mala conciencia por el resto de subordinados de similar condición o procedencia social. La clase media como constructo sociológico debe mucho su advenimiento a esta estrategia diseñada por las elites.

En paralelo, las gestas memorables de los capitalistas son tarareadas por sus siervos, esclavos, súbditos o asalariados como tonadas populares que realzan los valores del talento y del estilo jet set de revistas del corazón. Son divertimentos ligeros, con cierto picante pero no excesivo, que provocan de modo subliminal la empatía con modelos sociales a seguir sin reparar en la moral de los personajes que monopolizan el escenario. Provocan en la masa media la simpatía emocional con el verdugo glamuroso que los puede despedir o contratar a discreción sin tener en cuenta sus necesidades familiares e individuales. Esa elusión mental resulta imperceptible ante la urgencia de tomar decisiones vitales ineludibles.

Con todo, esta impronta superficial o alígera es un movimiento crucial en el desarrollo del capitalismo, haciendo de nexo cohesivo eficiente de la clase alta poseedora de rentas muertas o de los medios de producción materiales del capitalismo. El vehículo de esta protoideología de baja intensidad es manifestarla como en broma, de reminiscencias a lo vodevil, para que el mensaje subyacente -la unión férrea de los ricos- quede eclipsado en las entenderas de los pobres, esto es, que les suene a música de estribillo reconfortante, moderadamente briosa, casi celestial, que deje un sabor de boca agradable para repetir la vianda en la contumacia del soñar despiertos.

La parte cantable y coral hay que practicarla en falsete para conseguir un efecto irónico más acusado entre la realidad que se experimenta por la gran mayoría y la realidad que se festeja en las alturas: dos realidades contradictorias que están en lucha constante, la de arriba para bañarse cómodamente en la molicie del lujo y la de abajo para sobrevivir entre penurias o vivir con una mínima dignidad su existencia cotidiana.

Allegro enfatico quasi feroce

Tercer y último movimiento de esta sinfonía imaginaria o fantástica, como ustedes prefieran. Es pura alegría y desenfreno con el tutti orquestal desaforado: saltan chispas hasta casi desbordarse las pasiones ciegas tanto las bajas o menos recomendables como las elevadas o éticamente intachables. Explosión fatua de liberalismo y algarabía carnavalesca.

Nos hallamos en pleno apogeo y rítmica entronización de la empresa, un ente mítico y mágico sobre el que gira la burla capitalista. Alrededor de la empresa se concitan los aleluyas liberales en su mayor expresión ditirámbica: una diosa que se transmuta en acciones muy concretas, adoptando figuras y nombres muy diferentes entre sí, para diluir la responsabilidad de los receptores de los dividendos y plusvalías extraídos a punta de ideología y violencias simbólicas del teatro social productivo o economía social de mercado, denominación bajo eufemismo del gusto de las izquierditas de cutis sonrosado y amable.

Por encima de la libertad de empresa no hay ninguna otra: viene a ser sinónimo de la libertad de mercado. El Estado, ese ciclópeo artefacto maléfico y chupasange, hay que reducirlo a cometidos mínimos, sobre todo, punitivos o de coerción neurológica o física: palo policial, bota militar, control administrativo, obligaciones fiscales para los asalariados. Y, si sobreviene una crisis, se socializan las pérdidas. Esta recurrencia sacada del discurso liberal de viejísimo cuño está perfectamente documentada a lo largo del decurso histórico, reciente y remoto.

De momento hasta aquí alcanza la estela musical de Marx, acólitos y compañeros críticos de viaje izquierdista.

Queda el cuarto movimiento para redondear la sinfonía inconclusa Das Kapital. Aunque, como señalábamos al principio del texto, opiniones señeras de la izquierda, en contacto con el poder establecido o en sus aledaños subalternos, anuncian ya un nuevo paradigma o modelo cultural y político para después del coronavirus de marras, sin embargo los precedentes históricos no dan pie para postular aventuras tan halagüeñas. Muchas de esas ideas apuntalan, tal vez sin pretenderlo, las estructuras del mundo globalizado de la actualidad: el estatus de autoridad o el cargo, político, sindical o académico, modifica siilenciosamente los pensamientos de cualquiera; nadie puede tirar la piedra y esconder la mano, todos somos susceptibles de cambiar sutilmente nuestra perspectiva sin reparar en ello; precisamos de sacudidas críticas para salir de esa somnolencia de estío caluroso, o adaptativa dentro del sistema, nunca se sabe.

Covid-19 y su carga de pánico ha hecho que 2.500 millones de personas -3 de cada 4 en los países opulentos- nos hayamos confinado en nuestras casas sin rechistar prestos a cumplir a rajatabla la orden ejecutiva de los gobiernos de turno. En ese proceso nos han podido expulsar del trabajo, con mayor o menor posibilidad de acogerse a ayudas sociales, según el país de residencia y la clase social a la que se pertenezca. Otros muchos ciudadanos del mundo no tienen hogar donde guarecerse o no pueden recluirse porque han de salir a la calle mugrienta a convertir en alimentos las sobras incomestibles de su vecinos más afortunados.

Estos días estamos asistiendo a rapiñas empresariales que intentan sacar tajada del drama colectivo: es capitalismo de manual aprovechar las oportunidades de mercado. Hoy nos llama la atención y ponemos el grito en el cielo ante lo que viene sucediendo en la vida diaria que no queremos ver por egoísmo o mera relajación de los estándares éticos de cada cual.

La ideología capitalista opera como un virus de laboratorio que lava conciencias de modo tecnológico, científico y sibilino como hoy nos lavamos las manos por higiene personal y profilaxis sanitaria. La inercia de la acción o el hecho en sí nos pasa desapercibido por razón del miedo al presente que habitamos y al futuro imposible de proyectar por las emergencias básicas que nos impone el aquí y ahora.

El dios Prometeo robó el fuego a sus colegas para dárselo a la Humanidad en su provecho. Luego el capitalismo se lo birló al común para ponerlo al servicio del Capital. ¿Cómo arrebatárselo al capitalismo para conquistar un mundo más igualitario, en libertad y fraterno? ¿Cómo derribar la idolatría de las apócrifas deidades de la Propiedad, la Necesidad y la Empresa?

Quizá las respuestas ya estén en camino. No obstante, precaución ante profetas neotestamentarios. El satírico sirio Luciano de Samósata sentenció en el siglo I de nuestra era: “Los consejos reposados son los mejores; los precipitados van siempre seguidos del arrepentimiento.” No parecen palabras a desechar aunque el fino humor de Luciano también dejó este trueno sarcástico: “Hay un extremo sobre el cual diré la verdad, y es que voy a contar mentiras.” El problema de fondo estriba en que los intelectuales del optimismo situacionista se creen sus propias verdades y los que mienten a precio de oro son actores venales de sofisticada escuela: la cantidad de verdad o falsedad que pueden asumir y transmitir depende del metálico que resuene en sus bolsillos.

En cualquier caso resultará apasionante participar en la escritura colectiva para redondear la sinfonía Das Kapital: ¿a qué sonará el futuro inmediato y el de las generaciones jóvenes? ¿Serán/seremos solidarios y capaces de terminar el cuarto movimiento?

Como cierre -o principio de una nueva era-, una excelente y pragmática idea para avanzar hacia la utopía de Rui Rio, líder, nada sospechoso de revolucionario, de la oposición parlamentaria en Portugal: “Los bancos deben mucho a todos… la banca no puede ganar dinero con la crisis. Si la banca presenta en 2020 y 2021 lucros abultados, esos lucros serán una vergüenza.” Ese es el meollo de la cuestión: neutralizar a los ladrones de guantes de seda y no reprimir las minucias de pícaro existencial de los que sobrerviven con lo que llevan puesto. Y socializar las ganancias de una vez por todas. Amén.

1 COMENTARIO

  1. Estoy bastante de acuerdo con el artículo, pero eso de que el pánico nos ha hecho confinarnos sin rechistar, no creo que sea así porque hay evidencias de contagio en la calle y en los sanitarios y por otra parte es hacer el gilipollas salir para que nos multen.

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