Se abre paso a marchas forzadas el enésimo lema del capitalismo para intentar reciclar sus propias basuras ideológicas y parecer otra cosa distinta dentro de nada, a la vuelta de la esquina cuando la pandemia aminore su virulencia mortal a cero o casi cero u oficialmente se dé como neutralizada aunque el bicho siga matando pero sin reflejo mediático excesivo en las estadísticas de guerra. Todo por la economía; todo por el beneficio; todo por la reconstrucción nacional.

La nueva normalidad, recién salida de los laboratorios de ideas o think tanks, ya está en boca de los principales mandatarios occidentales. Da igual su coloración política: les une el amor, más o menos intenso, en relación informal o matrimonio clásico, al neoliberalismo; unos lo llaman economía social de mercado y otros libre mercado. En cualquiera de los casos, la supremacía de la empresa y la propiedad privada es tabú: eso no se toca bajo ninguna premisa.

Lo que se pretende es anticiparse al porvenir inmediato y contrarrestar, antes de producirse la supuesta eventualidad, las probables reivindicaciones a favor del rescate, valoración y extensión de lo común y de una alternativa sociopolítica al régimen capitalista.

Si bien existe un caldo de cultivo de pánico casi absoluto también hay mimbres objetivos y psicológicos para pensar críticamente en los dramáticos sucesos que estamos viviendo en persona: de ese humus tan contradictorio y amargo pueden brotar explicaciones peligrosas para el sistema que pongan en cuestión las estructuras del edificio; mejor controlar cualquier desviación de la norma antes de que se desarrolle más allá de la adolescencia. Para el capitalismo siempre es más barato el aborto espontáneo inducido mediante persuasiones subliminales que la eutanasia quirúrgica con sus molestos y feos daños colaterales.

La batalla simbólica por el mañana está servida. Eso quiere representar la nueva normalidad.

Por una parte se otorga tranquilidad a las elites, los paraísos fiscales, los poderes fácticos y las multinacionales de la globalidad diciéndoles que nada va a cambiar en la realidad, solo algunos aspectos menores de lo público con escaparates colosales de cartón piedra muy sugerentes e irresistibles elaborados con palabras mágicas y espectaculares. En definitiva, la pirotecnia añeja del lavado de cerebro colectivo.

Se trata de captar mentes y dirigir las conductas hacia propósitos de sentido común: como hemos superado (superaremos en un sentido u otro) heroicamente una confrontación bélica terrible contra un adversario temible, así lo ha vendido el consenso político gubernamental en todo el planeta, recuperar el pasado, aunque para la mayoría el ayer fuera una mierda, es y será una meta loable, casi revolucionaria.

La normalidad acuna y sosiega, es lo habitual, la rutina de cada día. ¿Y quién no quisiera regresar a la vida anterior después de un arresto domiciliario tan severo? Para apuntalar ese retorno con cierta alegría se añade nuevo: de esta forma se entra más suavemente en la cabeza de las gentes que peor lo tienen y se ensancha su esperanza en una sociedad mejor y más solidaria. Pero nuevo resulta también ambivalente; es un mensaje calculado, una incógnita; algo nuevo puede ser mejor, peor o prácticamente igual a lo existente. En función de las respuestas sociales y de factores imprevisibles puede ir modulándose la intensidad de las políticas a llevar a cabo.

En definitiva, el futuro está por hacer pero se intenta canalizar el descontento potencial para que no desborde los cauces de la normalidad capitalista. Lo nuevo, sin precisiones, así a lo bruto, no es más que un señuelo vacío para llegar directamente al corazón de las mayorías silenciosas: un paliativo emocional que calme los síntomas del dolor pero no enfrente las causas del mismo. O sea, consumir propaganda seductora o caer en las fauces del fascismo. Usted elige: sacrificio con sedante o violación machista.

La normalidad nueva hacia la que viajamos se inscribe en el relato mayor de las últimas décadas, el futuro permanente, concepto al que nos acostumbró la posmodernidad de primer aliento.

Desde las postrimerías del siglo XX se viene predicando que ya no hay pasado ni, siendo escrupulosos, presente alguno. Todo es expectativa, experiencia tras experiencia, olvido más olvido, recreación de instantes ahistóricos para (de)construir una persona única e irrepetible. Paradójicamente, esa singularidad se repite en clones sin ningún atisbo de individualidad: cualquierismo de multitudes autosuficientes convertidas en islotes de un solo habitante.

Sin embargo, el futuro permanente, como sofisma embaucador, hunde sus raíces en teorías, actitudes y conductas bastante lejanas: las ventas a plazos para financiar la felicidad familiar, matarse a trabajar para ser acreedor a una jubilación decente, hipotecarse para ser propietario de una raquítica parcela donde literalmente caerse muerto, ahorrar para las vacaciones, para los estudios de los hijos, para el entierro…

Las capas populares nunca han podido vivir en el presente. Sus placeres se evaporaban en la agonía de no saber que sería de ellos mañana. Era necesario no malgastar las energías ni zambullirse en el ocio inmoral. Tenían tanto en que pensar que mejor era instalarse en una normalidad mediocre donde enjugar las neurosis con entretenimientos vacuos: la radio, la televisión, el cine, las novelas románticas, el fútbol, las fiestas de guardar y las efemérides de andar por casa. Después de una larga y tediosa jornada laboral, lo más indicado para erradicar el conflictivo pensar era acomodarse en el pensamiento enlatado por los mass media y la ética del buen trabajador callado y obediente.

El futuro en el más allá luminoso, religioso o mítico, siempre ha sido un antídoto contra la crueldad y exigencias imperiosas del aquí y ahora. Sucede que vivir el futuro constantemente impide ver la realidad en su justa medida, al menos de una manera crítica y consciente. Y empática: el otro suele sobrevivir en idénticas carencias a las mías. La competencia extrema nubla la capacidad de identificar las asombrosas similitudes entre mi precariedad y la tuya.

La precariedad vital es otro rasgo clave de la posmodernidad. A mayor desnudez, mayor libertad. Entiéndase desnudez como metáfora de ir prescindiendo de superfluos ropajes materiales y espirituales o utópicos que lastran ese viaje a la autorrealización y la felicidad total. Fuera ideologías, el devenir histórico, las neuras mentales, el trabajo, la solidaridad, las raíces, las clases sociales, el estatus y los relatos de emancipación. Esculpe tu yo, explota tus potencialidades, créate a ti mismo. ¿Cómo? Nada está escrito, búscate la vida.

Las proclamas encerraban (aún vivimos inmersos en sus secuelas festivas e irracionales) una ideología aparentemente no ideológica o sujeta a presupuestos normativos; la norma era la no norma; la libertad era rabiosamente individualista; no había preceptos ni obligaciones salvo la prescripción de abalanzarse en cueros al mundo y hacerlo tuyo, original e iniciáticamente, como una obra de arte sin parangón desde que el mono se hizo humano consciente de su ser. La aventura, hay que reconocerlo, era maravillosa. Muy excitante.

No obstante, esa desnudez teórica y lírica de algunos iluminados, antisistemas de lengua falaz y hábitats sufragados por mecenas anónimos, se hizo realidad en el sufriente cuerpo de carne y hueso y no en la fantasía alucinógena de ningún edén biblíco o erudito, salvo para las burocracias ilustradas y las elites adineradas del mundo: las gentes que alimentaban sus miserias existenciales de un salario se quedaron sin nada, sin ideas, sin empleo fijo o indefinido, sin capacidad de ver lo evidente y entender lo obvio: el porro que te fumabas estaba enriqueciendo al poder; el cuelgue dionisiaco era una forma de control sutil de tus deseos efímeros y tus inseguridades duraderas. La libertad posmoderna era una quimera enorme, una mentira tremenda de filósofos adosador al poder.

En este vaivén hacia ninguna parte, volver a empezar es/era la meta de cualquiera, de las multitudes, esto es, coger el tren en marcha del futuro permanente donde pudieras pillarlo, en el contrato-basura más cercano a tu necesidad, pero en la actualidad ya no hay salvavidas a los que recurrir: incapaces de ahorrar, la pulsión es consumir hasta la última gota de sudor y sangre para evadirse del oscuro presente. La visión de túnel solo deja ver los pagos inminentes: el alquiler, la hipoteca, el deseo de consumir tiempo-acontecimiento en un centro comercial de las afueras, en una rotonda al abrigo del botellón y los colegas de turno o en un polvo de ausencias y resistencias freudianas.

Y una vez amanecidos al curro, a buscar empleo, a estudiar para ser alguien, a quedar el fin de semana, a hacer planes de corto recorrido que nos trasladen de la precariedad al futuro y viceversa. Son trayectos de proximidad: futuros chiquitos, pequeñas tonterías de mensajería instantánea, de consumo automático de fetiches intrascendentes.

La trama neoliberal tiene más ingredientes; el teatro de la posmodernidad cuenta con otros protagonistas estelares. El capitalismo ha parido un nuevo personaje, quizá un heterónimo, una especie de máscara para pasar más desapercibido dada su reputación en entredicho.

El nombre de la máscara se resume en un concepto inquietante, biocapitalismo, una fase en la que desde que uno se levanta hasta que se acuesta no deja de ser mera mercancía. Ya no hay tiempo de trabajo ni de ocio por separado. El acto de vivir crea per se productos derivados: deseos que se transmiten online y conforman ofertas personalizadas al instante.

Trabajar produce y consumir también. En todo momento estamos produciendo información relevante, materias primas diseminadas por aquí y por allí que provocan estados de ánimo y lenguajes big data que el sistema etiqueta y reelabora para comercializarlos de modo ininterrumpido: la tienda-fábrica del capitalismo está a un clic de distancia, siempre abierta. De alguna forma, todos somos productores y consumidores a la vez. Producimos lo que somos a la par que nos consumimos en el propio deseo de consumir. Se venden ficciones inmunes a la propiocepción humana. Puedo tocar e inferir mercancías dispuestas a mi alcance pero no la mercancía que habita mi totalidad. Es un espejismo magistral del biocapitalismo, la mercancía que soy jamás podré verla cara a cara.

En las sociedades altamente biomercantilizadas, mientras la libertad de expresión se circunscriba a emitir opiniones normalizadas (lo políticamente correcto e inocuo para el sistema) que no promuevan situaciones de rechazo radical ni pensamientos demasiado escorados a la izquierda del espectro político, todo es permitido, más aún, todo es desecho reciclable en beneficio empresarial. Lo que no mata al sistema lo hace engordar.

Cualquiera (Jacques Rancière y su cualquierismo como síntoma radical de la posmodernidad) y multitud (Toni Negri, Michael Hardt y sus masas informes) son palabras o categorías del pensar que nos remiten a un mundo desigual en la igualdad formal de las mediocracias realmente existentes, no solo referido a cuestiones económicas, sino tambien en la manera de representarse la compleja y plural realidad viva.

Una vez superada la etapa del obrerismo, la izquierda, sindical y política, hecha al calor del relativo bienestar occidental surgido tras la segunda guerra mundial, transformó sus ideales en callos de resistencia: la revolución era imposible, seamos demócratas a la usanza liberal, hagámonos clase media (los que pudieron; los que puedan).

Hoy, incluso después de la implosión de la URSS y su campo de influencia y de las sucesivas y cíclicas crisis del sistema capitalista, la hegemonía oficial es de clase media, concepto que hay que entender más bien como crédito personal de estatus, de disposición estética del hombre o mujer con cierto empaque cultural y dominio de sí mismo. Dicho de otra manera, imitadores de la crema social convertidos en expertos de cualquier cosa para sacar de la crasa ignorancia a la multitud embrutecida en la precariedad vital.

Hay personajes de reconocido prestigio y notoriedades de verbo ramplón. Y naderías que gritan como nadie. Esa mezcla resulta letal y confusa para la opinión-verdad pública. Sin embargo, tienen en común que interpertan, tanto desde la honestidad como desde la estupidez, el sentir de la gente común, es decir, son intermediarios de lo que piensan los objetos anónimos que nunca emiten sus opiniones directamente, sin mediaciones que desvirtúen su sentir particular e íntimo.

Tal es la democracia parlamentaria: que alguien represente tus intereses. Los representantes profesionalizados taponan la voz de sus representados, estábamos tentados de escribir de la voz del pueblo si es que tal entelequia ha existido alguna vez.

Los medios de comunicación (las excepciones confirman la regla) solo abren sus páginas a expertos de lo que sea. Solo se publican artículos de figuras que expresan sus opiniones dentro de marcos de saber extremadamente restrictivos: solo hay una sintaxis, la que dictamina el diccionario de la RAE. Y en ese purismo se pierde lo que piensa con autenticidad, en vivo y riguroso directo, la mayoría esencial: los que no tienen estudios o habilidades suficientes para firmar un texto con su nombre y su apellido y que cumplen trabajos ingratos o peligrosos y mal pagados, esto es, los que trabajan el campo, las empledas domésticas (son mujeres en su mayoría), los que barren y limpian las calles, los que retiran la basura por las noches, los que cuidan a los mayores o personas dependientes, las personas explotadas en la precariedad laboral o la economía sumergida. La lista no se agota en esta sucinta mención de cualquieras que conforman multitudes anónimas y olvidadas.

Ese mundo subterráneo que sostiene el mundo de la superestructura con su trabajo abnegado no es sujeto del relato político. Es el objeto de estudio de los saberes académicos, del reportaje amarillo o no de los media, la razón de ser del consumismo, la materia prima del lujo de las elites, el combustible de la maquinaria ideológica del capitalismo. Mientras los expertos hablan (o rebuznan) y ponderan sobre iniciativas legislativas y el sexo de los ángeles, el objeto omitido de sus disquisiciones no puede facilitarse un respiro para expresar su propia verdad sin tapujos ni formalismos estériles.

¿Esa nueva normalidad incluirá a los que nunca pueden opinar públicamnete como personas individuales? Mucho nos tememos que la respuesta sea no. El sistema necesita de multitudes silenciosas y cualquieras fabricados en serie. Gentes que vivan la precariedad como una aventura deslumbrante y se monten sin alforjas críticas en el futuro permanente con el solo propósito de desear un día sí y otro también la luna inalcanzable.

Los principales medios de comunicación, públicos y privados, seguirán en su política endogámica: hablarán de lo mismo, se entrevistarán entre ellos, compartirán expertos, harán idénticos comentarios (con pequeñas diferencias insustanciales) sobre similares denominadores comunes (sus cosas teñidas de interés general). El margen de maniobra es muy estrecho, izquierda/derecha sin matices, lo antes reflejado: actitudes de clase media ahormadas por el sistema con sesgos más o menos anchos o sutiles según las circunstancias. Lo que parece claro es que el abajo social será objeto de debate pero nunca sujeto activo del presente.

¿Será entonces la nueva normalidad la última estación de la posmodernidad mitificada o únicamente asistimos a una treta más o requiebro elegante del capitalismo?

Difícil dar una respuesta convincente. Pero por lo que vamos conociendo la contestación dista mucho del optimismo. La renta básica es rechazada por la caridad eclesiástica, las derechas solicitan no interrumpir los desahucios para no distorsionar el mercado inmobiliario, las empresas de alimentación a lomos de la coyuntura suben los precios sin rubor, la idiocia de algunos nacionalistas les hace declarar que con la independencia habría habido menos contagios y muertos, los fondos buitre huelen la carroña a años luz de distancia y comprarán a precio de saldo marcas punteras de empresas en la ruina, el Norte continúa siendo insolidario con el Sur, los inmigrantes no cejan en su empeño de alcanzar la orilla occidental de sus sueños (ahora son mano de obra imprescindible para las cosechas agrícolas que no admiten demora). Suma y sigue hasta la náusea.

El mensaje es diáfano: sin el chantaje de la necesidad no hay beneficio capitalista. La nueva normalidad huele a engaño, una canción del verano más para que la gente acepte sumisa las carencias que vienen. Vender humo hace ganar tiempo a las elites, recompone su denostada figura y aumenta sus capitales. El futuro permanente está hecho así, de retales de olvido cosidos al vuelo y de escombros esparcidos al aire por la precariedad vital. Cuando se disipe la humareda ya estaremos en otro no lugar de la historia contemporánea, un espacio de tránsito hacia nadie sabe dónde. La farsa ya se está escribiendo… Título provisional: la nueva normalidad.

Quizá no lo advirtamos a primera vista pero la actualidad guarda un cierto paralelismo formal con el regreso en 1814 a España del rey traidor (felón en las crónicas históricas) Fernando VII, Borbón para más señas. Retornaba del destierro tras haber abdicado tiempo antes encabezando la facción absolutista más reaccionaria del momento en pugna con la Constitución liberal de 1812. A su llegada a tierra española, la lujosa carroza que traia a su majestad desengachó los caballos y puso en su lugar a gentes del común: la metáfora es perfecta, tanto es así que el pueblo (la parte con mayores tragaderas y mentes más flexibles a los cantos de sirena del poder) gritaba fuera de sí: ¡muera la libertad y vivan las cadenas! ¡Qué más dan acémilas o personas mientras sean fuerza animal de trabajo dócil y barata! Si nos adentramos en la nueva normalidad con las orejeras de la necesidad y la costumbre tal vez estemos gritando sin apercibirnos de ello la triste proclama ¡vivan las caenas!

No obstante, nos asiste una verdad incontrovertible (¿irónica?) como autodefensa ante la nueva normalidad que se avecina: el progreso ha hecho más inteligente a la clase trabajadora (¡y no digamos a la ilustrada clase media que habla idiomas y ha viajado por medio mundo!). ¿Quiénes estarían dispuestos a asumir ahora un eslogan político tan estúpido y fascista? ¿Tal vez los que votan Trump, Bolsonaro, Le Pen o Vox? ¿Alguien en su sano juicio quisiera ser caballo y no persona? Cuando las emociones y la irracionalidad toman las riendas de la necesidad…

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