La “nueva normalidad” generada por la COVID-19 ha generado una situación inédita en la historia de la humanidad, no solo a nivel sanitario por el alcance mundial del virus, sino también a nivel económico por las terribles consecuencias que ya está teniendo a escala global. Si bien han existido otros momentos de salud graves que han afectado a la población a lo largo de la historia, desde las pestes a la mal llamada “gripe española”, lo cierto es que la COVID-19 se ha desarrollado en un mundo globalizado que ha permitido que la pandemia se haya extendido por todo el mundo a una velocidad incontrolable. Los últimos meses han sido inéditos para el mundo, pues hemos visto como las calles se han vaciado, la producción se ha reducido drásticamente y los ciudadanos, en mayor medida, hemos aceptado limitar temporalmente nuestras libertades con el objetivo de asegurar nuestras vidas.

No obstante, las medidas políticas de confinamiento han dejado paso a la responsabilidad ética de los ciudadanos, situación que nos puede llevar a una no tan nueva normalidad. Durante meses el problema de salud era, principalmente, una cuestión política acompañada de la actitud ética de los ciudadanos, pero en la actualidad se han girado las tornas para que sea la responsabilidad ética, y no la política, la principal medida contra la propagación del coronavirus. Así lo explica, por ejemplo, el ministro de Sanidad, Salvador Illa, el cual ha apelado a la responsabilidad de los ciudadanos en el cumplimiento de las medidas de higiene y distanciamiento físico para evitar que el Gobierno tenga que tomar medidas “más drásticas”.

Sin embargo, más allá de cuestiones políticas e ideológicas, la COVID-19 está planteando dilemas éticos, e incluso en algunos casos está recuperando postulados morales en principio ya denostados. Hay quien sostiene que el gesto irresponsable de una sola persona tiene enormes consecuencias en toda la comunidad porque puede ayudar a la propagación del virus. Así, por ejemplo, los jóvenes y las terrazas de bares y transportes públicas están en el blanco de todas las críticas políticas y sociales, no sólo por la falta del uso de las mascarillas, sino por el volumen de gente que las ocupa, achacando la propagación del virus a la falta de responsabilidad ciudadana. En este sentido, hay quien empieza a resucitar la vieja relación entre enfermedad y castigo divino, como si el enfermar pudiera ser a causa de las irresponsabilidades y, por lo tanto, como un castigo merecido.

Es cierto que la relación entre la enfermedad y el pecado nunca se borró del todo de nuestra genética cultural – de hecho Jesucristo eliminaba la enfermedad de la gente que la había contraído por ser pecador –, y con la apelación a la responsabilidad ética el viejo dogma religioso puede devenir el nuevo dogma social y político. La recuperación de este dogma empieza por la despolitización de la gestión de la COVID-19 y la individualización de los casos reduciendolos a una falta de responsabilidad ciudadana, algo muy incoherente y peligroso. En primer lugar, es incoherente porque si no existen medidas políticas para restringir la movilidad, no es responsabilidad de los individuos el no concentrarse en los lugares más concurridos. Y en segundo lugar, es peligroso porque abre la posibilidad a la limitación no temporal de libertades individuales y colectivas, como ha ocurrido en algunos pueblos de Galicia y Euskadi al no dejarles participar de las últimas elecciones.

Con todo esto no estoy diciendo que la gestión del problema actual sea fácil, ni tampoco que no salvar la economía pueda significar salvar a la ciudadanía, especialmente porque las economías que más padecen son las familiares y locales. Nos encontramos en la trágica encrucijada de salvar la economía o la ciudadanía, motivo por el cual sólo pretendo apuntar que no podemos reducir la propagación del coronavirus a la irresponsabilidad de la ciudadanía cuando las medidas políticas se han relajado tanto o más que las ciudadanas. En este sentido, se hace necesario iniciar una reflexión entorno a la cuestión de la despolitización de la gestión, porque si nos centramos en la cuestión ética nos olvidamos de que este problema es principalmente político: o lo solucionamos colectivamente o, simplemente, nunca lo resolveremos.

6 COMENTARIOS

  1. Creo que deberías documentarte un poco más sobre la farsa de esta enfermedad, y de acuerdo a lo que es este medio, documentarte por vías alternativas y no por los mass media.

    Hay estudios que demuestran que los asintomáticos no está claro que contagien. Incluso reconocido, para después desdecirse (pero en este caso es como las parejas, un no vale más que un sí, porque demuestra que no está demostrado que contagien), por la misma ONU.

    Hay estudios que demuestran que los niños tampoco contagian ni son ultracontagiadores, pero curiosamente tampoco los mass media se hacen eco.

    Se ha dicho por activa y por pasiva que los PCR no detectan solo coronavirus, sino también otros virus, y que no son prueba suficiente para decir que alguien tiene coronavirus. Dan falsos positivos con al menos un 50 % de probabilidad. ¿De verdad están confinando usando estas pruebas? ¿Y más cuando los que dan positivo ni siquiera parecen personas enfermas? Es el timo del tocomocho, un Mcguffin de manual para seguir con la película.

    En resumen, si el virus fuera lo que dicen que es, estaríamos ya contagiados media España, y por ende, muertos algunos menos, pero no esto, que cada positivo, cada enfermo, cada caso, lo magnifican y lo usan de excusa para poner mascarillas obligatorias hasta en medio del monte, para volver a confinar, y en resumen, para hacer lo que quieran.

    No os olvidéis, pero ya es momento de aplicar lo sabido. Esto no es una democracia, es una dictadura atada por Franco, y toca ya abrir los ojos para ver hasta cuan lejos son capaces de llegar estos farsantes. Y mientras en el resto del mundo, menos curiosamente Sudamérica y los países del sur de Europa (los mismos daminificados de la crisis del 2008) recuperan la normalidad (aunque dándole credibilidad a esta farsa), nosotros seguirmos aquí con la campaña del terror. Porque no es otra cosa. Es una farsa montada alrededor de una enfermedad real que no merece ni mucho menos tanta atención, ni cambiar nuestras vidas ni vender el futuro de las futuras generaciones.

    Lo lógico hubiera sido en centrarse en los enfermos, investigarlos (y no negar las autopsias, ¿basados en qué?…otro 11M) e investigar tratamientos, que existen, y que hay médicos que los aplican. Y no esto, que nos lleva a la venta final del país, caídos en una operación cuasi militar, disfrazada de sanitaria, a la vacuna obligatoria, que la misma población clama a gritos (a ver qué mierda nos meten en el cuerpo con el tal Enjuanes, experto en crear animales transgénicos) y a una nueva subnormalidad que nuestros hijos van a envidiar a los chinos.

    Dejarse de farsas ya, despierten…es hora de recuperar la guillotina y que paguen los verdaderos culpables de todo esto. Unos farsantes que a través de sus discursos y la compra de los mass media nos han hecho creer que vivimos en la película Contagio.

    Por cierto, buena paradoja que crean en las mentes de las personas, cuando consiguen señalar a los propios conciudadanos como culpables (como en épocas de la stasi, o nuestra guerra civil)…lo que no tengo tan claro es si estos ciudadanos prefieren señalar a sus conciudadanos por comodidad, ya que esto es más viable que señalar a políticos que nos usan y manipulan a su antojo, o si realmente se creen que sus conciudadanos son los culpables de que esto no se acabe.

    Increíble que a pesar de ser más laxos en las medidas, los países del norte hacen y pueden hacer vida normal desde hace meses, sin que el disparo de casos sea noticia.

    • Gracias Jorge! Da gusto leer a un despierto. Estoy de zombies hasta…
      Esto sólo tiene un nombre: GENOCIDIO. Y quienes lo llevan a cabo se llaman CRIMINALES.
      La plandemia es sólo una herramienta con varios propósitos, uno de ellos es provocar el colapso económico. Está todo escrito y bien planificado.
      No hay más ciego que quien no quiere ver.
      Si en esta sociedad hubiese un mínimo de sentido común y pensamiento crítico, no habrían llegado tan lejos.
      No es distanciamiento social, se llama distanciamiento físico. No es confinamiento, se llama aislamiento y está tipificado como una de las formas más efectivas de tortura.
      Investiguen por favor. Hoy día la ignorancia no es excusa, es una elección.
      Hacer llevar bozales y obligar a un distanciamiento físico a los niños Y ancianos es CRIMINAL. No tiene otro nombre.
      Ayer hubo una conferencia de MEDICOS POR LA VERDAD en Madrid, con sanitarios y especialistas de diversos países. Ningún medio se ha hecho eco. No por su profesionalidad evidentemente, sino por su cómplice criminalidad.
      Sólo leo medios alternativos de varios países. Hoy hice una excepción por buscar quienes publicaban el encuentro.

  2. Sin ánimo de apoyar bulos ni conspiranoias, el artículo tan sólo es una reflexión que gira entorno a la cuestión política: si realmente es un problema de salud grave, que se tomen las medidas necesarias como, por ejemplo, que el coste de las mascarillas sea costeado con el servicio público y si éste no alcanza, que se nacionalice la fabricación de las mismas; y en segundo lugar, que no se convierta en un problema ético (que es lo que mal estamos haciendo reduciendo el problema a una cuestión individual y social), sino que se trate como problema político.

    Espero haber ayudado en la comprensión.

    El autor

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